2 – San Martín

Despertó.
El coche estaba aparcándose justo delante del hotel que había reservado haría una hora más o menos.
Se notaba algo más relajado, ya no volvía a tener a aquellos sueños tan angustiosos como los de hacía un par de semanas, cuando empezó todo aquello.
La radio volvía a hablar otra vez de lo mismo: el desgobierno, el descontrol, el caos, las constantes negociaciones que no llegaban a ninguna parte y otra revuelta en el norte del país.
No quería pensar en ello, solo tenía que centrarse un poco.
Salió del coche, entró al hotel y subió directamente a la habitación del hotel.
Cuando se disponía a entrar una luz emitió un parpadeo desde su móvil, casi al mismo tiempo que lo que antaño sería un cerradura se iluminaba durante un par de segundos.
Una habitación de tamaño medio, para solo una persona.
En la mesilla de la derecha había un refresco y la minicadena de música preguntaba a través de una pantalla luminosa si él quería esuchar la lista de reproducción “Calm”.
Una sonrisa apareció en su cara.
Abrió el refresco y encendió la minicadena.
Acto seguido se tumbó en la cama mientras bebía de aquella lata.
Estaba pensando que hacer, como si estuviera esperando algo o a alguien.
Así pasó una hora, o quizás dos.
La pantalla del móvil se encendió de repente.
Acababa de llegar una gran cantidad información a sus ojos, pero él no se inmutó, simplemente empezó a pasar las hojas de aquel documento.
Por lo visto la reunión se celebraría en dos horas, en el parque de la Magdalena, aquella tarde soleada, en medio de todas aquellas familias que estarían disfrutando de aquel espléndido día.
Realizó un gesto en la mesilla de noche e inmediatamente la música de la minicadena cambió y la bañera comenzó a llenarse de agua.
Media hora después salió del hotel, todavía podía ver los restos de la maldita burbuja inmobiliaria que empezó con la decadencia del país.
Un puñado de máquinas desmontaban una enorme fábrica cercana.
Cogió el 12, pero no sabía donde se iba a bajar, ya lo vería sobre la marcha.
Pasó Cuatro Caminos, el Ayuntamiento, los Jardines de Pereda y no se bajaba.
El tiempo era fabuloso en toda la ciudad.
Ni rastro de nubes ni de la lluvia.
El autobús paró finalmente en San Martín, no muy lejos de su destino.
A los quince minutos llegó al parque.
Estaba a reventar, era lo lógico.
Debía buscar a un grupo de 5 o 6 personas.
Los cerebros de todo aquello.
Decidió dar una vuelta a todo el parque.
Empezó el recorrido por la parte izquierda.
Llevaba un aparato en el oído que amplificaba el sonido.
Podía oír todo.
Eran demasiadas conversaciones, pero podía con aquello, ya no se angustiaba.
Despúes de pasar por lo que antes fue probablemente un zoológico aparecieron ante el una serie de recreaciones de barcos y submarinos.
Ni rastro.
Decidió volver al principio, a la entrada de la península.
“Dos meses […] cuando empiece no puede haber marcha atrás. Se cerrarán todas las fronteras del país. Los aviones serán desviados, se establecerán controles a lo largo de la frontera francesa y los puertos serán cerrados […] nadie, no habrá fuerzas de seguridad presentes, de ningún tipo […] ya saben, será en cierta manera un relevo”
Ahí estaban. Intentó acercarse con cuidado.
“Se trata de que toda la élite política de este país pueda ser trasladada sin ningún tipo de problema”
Eran 5 personas.
Conocía al que hablaba.
Había trabajado muchos años con él en el CNI
-¿Ustedes se quedarán? Preguntó un hombre con acento inglés
-No
Empezó a temblar.
No podía fallar ahora, debía continuar.
-Nos iremos con ellos también. Ya saben, este país será todo suyo. De punta a punta. Les deseo suerte con él.
Rieron ligeramente.
Empezó a alejarse.
Podía haberlo gritado, haber alertado de lo que había oído a todo el mundo que estaba allí pero sonaba a una historia desmedida, nadie creería aquello.
Sabía que estaba dentro, y que ya no podía echarse hacia atrás.
Tenía dos misiones: evitar que una coalición de países evitara una invasión perfecta del país e intentar quedarse en el mismo.
Sonaba contradictorio, pero no quería huir con aquella banda de miserables.
Era de locos.
No pudieron gestionar un desgobierno, no pudieron ponerse de acuerdo para elegir un gobierno temporal, no.
Sin embargo poco tardaron en negociar para hipotecar para siempre al país.
Fueron cuatro o cinco reuniones, no más.
¿Por qué no? ¿Por qué no convertir el país en el mayor laboratorio social, militar y tecnológico de la historia? ¿Por qué no abandonar a su suerte a tantos millones de personas?
No podía responder a tantas y tantas preguntas que volaban sobre su cabeza.
No obstante solamente sabía una cosa: estaba solo en esto.
Era la única persona que podía parar aquella vorágine.
Ahora era el momento de aprender de sus fallos.

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