El gris


Hoy, él le ganó la partida a todos. No sé si sería porque su despertador sonó antes o porque todo el mundo se quedó roncando plácidamente:

-“¿A qué estamos?”
-“Creo que julio”
-“Bah, si hoy no salimos no pasa nada, ya sabrán vivir sin nosotros”

Por lo visto, cuando salió a dar una vuelta a las cuatro y pico de la mañana no notó que, como todos los días, ahí faltaba alguien.
Si que se dio cuenta de que había algunos valientes a su alrededor, pero que jamás eran una amenaza para sus planes, bastante tenían esos infelices con mantenerse en pie mientras se arrastraban a sus casas.
<<¿Cómo sabrían cuál era la suya, si todas eran iguales por fuera?>>
No obstante, percibió que aquel día debía ser el suyo, pues a medida que avanzaba no había visos de que el color fuera a cambiar.

Pasó por delante de aquella tienda de electrodomésticos y contempló como la verja seguía abajo, mientras los televisores solo mostraban un cuadro negro y opaco, sin luz de ningún tipo.
Sintió pena de que esos aparatos no siguieran su compás emitiendo esos puntos grises moviéndose por la pantalla y ese sonido tan constante y agradable, presente en muchos de aquellos viejos cubos.

Por alguna extraña razón que desconozco, parece ser que yo era el único que estaba despierto a esas horas. La calma que reinaba se podía respirar y tocar en toda la ciudad.
Sin embargo, las horas avanzaban y esta calma grisácea empezaba a angustiarme.
No entendía por qué todo el mundo no respondía a ello, por qué todos aceptaban el gris de igual manera que aceptaban las distintas cosas que traía el lechero cada mañana.

El gris no era tristeza, no era apatía ni desidia.
Era ese color que volvía todo homogéneo, todo constante, como una sustancia que ralentizaba el tiempo a la vez que volvía las cosas idénticas entre sí.
Todo se aproximaba a lo lineal y continuo así que decidí salir a la calle buscando una cosa inesperada que pudiera revertir todo aquello.
Lo encontré cuando doblé la esquina y nos vimos de frente los dos. Ni siquiera llegué a decirle una palabra. En mi cabeza se amontonaron unos cuantos pensamientos para poder deshacerme de él, pero me dije a mi mismo que lo mejor en estos casos sería invitarle a tomar un té.

Simplemente le pedí que se marchara a algún lugar remoto (aquel océano de allá o ese lago inmenso rodeado por montañas) pero que se largara de aquí y de mi vida.
Acto seguido se levantó de la silla y se evaporó en unos pocos segundos.
Unos tímidos rayos de sol salieron de la nada y entonces yo respiré por fin aliviado.

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