Nada (Incluye comentarios del director)

Haciendo “limpieza” en el blog me he dado cuenta de que tenía unas cuantas cosas perdidas a modo de borrador. Una de ellas era el relato que escribí este año para el concurso de relatos del Chami. Entre el ajetreo del doble grado no tuve casi tiempo para pensar y escribir un relato pasable, así que en en 48 horas pude juntar algunas cosas que me rondaban por la cabeza en aquel entonces (Mayo 2015). Para seguidores y haters de relatos imposibles previos como “El Cruce” tengo que decir que tener menos tiempo para escribir hace que pueda escribir cosas más, digamos, normales.
Esta vez elegí de pseudónimo “El Fantasma de la Transición”, gran canción de TAB, mejor cover de Chinarro ft. HATM y la cual guarda una gran historia para mí debido a una gran sangriada hace ya unos años.
Como curiosidad decir que está vez la “culpable” del origen de la historia fueron las obras del “Negro” (Ains, esa hormigonera arrancando a las 7 de la mañana y esas puñeteras tardes tirando escombros) y algunos de sus más ilustres obreros (Saludos a Juan, el cual metía unos berridos de aúpa y que retumbaban por toda La Terraza). A partir de ahí, películas como Babel o Eva vinieron a mi cabeza, al igual que libros como Un mundo feliz, el cual acababa de leer, y que me dieron ideas para ir formando una historia express.
Mi odio feroz a la televisión pública de entonces (y de ahora), un posible futuro lleno de aparatos insaciables a la hora de recopilar datos de forma masiva y toques de Black Mirror están en algún lado que otro, como no podía ser de otra manera.

Igual luego actualizo la entrada y analizo un poco más de cerca todo el texto. Todo se andará.


<< ¿Por qué estoy pensando un título si puedo poner unas pocas palabras al azar que no tengan nada que ver con lo que hay dentro? ¿Aporta más el título que el contenido en la actualidad? ¿Por qué todos los días son tan iguales y tan cíclicos? >>

Se le notaba algo desesperado, pues también andaba dándole vueltas a qué aportaba en realidad a la gente con su programa, si de verdad informaba de algo a aquellos seres, esos que en todo momento lo único que hacían era reflejar la luz de sus televisores.

Con un pequeño gesto en un lateral de su cabeza borró todos aquellos pensamientos para, acto seguido, coger aquel pequeño folio de papel arrugado y esconderlo debajo de su carpeta. Tenía miedo a que alguien descubriera que ahora en sus ratos muertos se dedicaba a escribir relatos breves.

Increíble, ¿qué dirían los del gobierno? ¿Y sus compañeros: tertulianos, analistas, ingenieros de opinión? No quería imaginarse a sí mismo como un invitado cualquiera en uno de sus programas, en el centro del plató bajo un centenar de ojos y cámaras, mientras los expertos analizaban todos y cada uno de los detalles de su texto.

Como todas las mañanas, tal y como le ordenaban sus superiores, dejó cargados en aquel pequeño aparato todos los sucesos que debían ocurrir durante las horas de su programa. Era magnífico poder controlar un inmenso abanico de robots y demás seres inanimados con solo unas pocas teclas, pero aún mejor era poder crear noticias para mantener entretenidos a sus espectadores (un espectacular accidente de coches en cadena, el “escape” de un virus letal o incluso pequeñas explosiones controladas eran una mínima parte de aquel amplio menú).

Y claro, justo a pocos metros de aquellas noticias estaba siempre por casualidad un corresponsal de la televisión pública.

Además, aquel día había que aumentar la dosis de noticias y de información. Llevaban un par de semanas detectando casos de gente con comportamientos anómalos y violentos, que surgían de forma bastante imprevisible. Por lo que había oído, los del Ministerio de Salud estaban algo nerviosos y ya estaban estudiando cambiar algunos dispositivos correctores que se introducían en la piel de los recién nacidos.

Sin embargo, a diferencia de él, sus compañeros se encontraban tan tranquilos como siempre. Día tras día todos ellos se felicitaban por el servicio tan necesario que brindaban a la comunidad.

<< Tres segundos y estamos dentro >>

-Dejando de lado estos súbitos ataques de violencia espontánea que están sucediendo por toda la ciudad, vamos a centrarnos en los asuntos que de verdad nos preocupan, por ello contamos con el mejor equipo de colaboradores, entre ellos el Sr. Riveira: ¿qué nos trae hoy nuestro admirable experto?

-La verdad es que no traigo nada preparado, no me ha dado tiempo a desayunar y mis órganos generadores de opinión no han podido fabricar nada que suene del todo creíble.

-Mientras damos un poco de tiempo al Sr. Riveira para reiniciarse y que así pueda encararse al resto de tertuli…..vaya, me dicen que tenemos una llamada de uno de nuestros telespectadores, aunque estamos teniendo problemas para hallar su localización.

<< Mierda, he vuelto a equivocarme de número. ¿Por qué ya no tenemos pantallas táctiles? >>.

Como casi siempre, volvió a angustiarse mientras intentaba recordar que lugares solía frecuentar ella en sus ratos libres.

Hacía un par de días por lo menos que nadie sabía de su existencia.

Nada, ni rastro.

Habló y contactó con todas las personas de su entorno, amigos, familiares, conocidos.

Además había consultado todas y cada una de las aplicaciones y páginas que informaban sobre la localización de una persona en concreto. Casi todos los habitantes del planeta estaban ubicados allí, en la pequeña pantalla de su dispositivo, emitiendo pequeños destellos azules con los cuales parecía que cada uno de ellos estuviera pidiendo auxilio.

Contactó con un amigo que tenía al otro lado del charco, para ver si él podía obtener algún dato extra de la Agencia, pero tampoco funcionó. Era imposible, no se podía rastrear ninguno de los dispositivos básicos: ni chip estadístico, ni brazalete interno de progresos, ni siquiera su cámara cerebral.

Al conectarse a ellos siempre aparecía aquella frase: “El dispositivo destino no ha sido hallado. Probablemente esté dañado o fuera de servicio. Recuerde que es obligatorio adquirir un nuevo artículo si el anterior no está operativo”

¿Qué le quedaba en este mundo después de aquello? El ordenador de aquel tipo en esa oficina lo dejó bien claro, ella debía permanecer a su lado toda su vida, no había otra opción. La predicción realizada era bastante alentadora: ambos vivirían juntos hasta cerca de los 95 años (aunque el moriría un año y medio antes) en una gran mansión de algún país de Europa y además tendrían trabajo garantizado el resto de sus vidas. El resto de opciones que aquel trozo de metal siguió emitiendo no entraban dentro de sus planes. No quería seguir viviendo de la basura, solo, en su ciudad natal para morir a los 50 y pico años de edad.

Además, aquellas máquinas no fallaban, nunca lo habían hecho durante el último siglo. La vida de toda persona empezaba a ser dibujada cuando los primeros caracteres salían poco a poco por la pantalla de aquella suerte de dioses.

Seguía borrando poco a poco esos pensamientos de su cabeza, pero a los pocos segundos estos volvían a surgir de su cerebro.

Mientras tanto, el hilo musical de la casa detectaba estos cambios de ánimo y pasaba a otro estilo distinto de música.

Al poco rato, guiado por la música del mismo modo que la serpiente de un faquir, se dirigió a la mesa para recoger aquel libro de tamaño considerable.

Aquel ejemplar tenía un gran número de párrafos, pero estaba fragmentado en forma de puzle, como si tuvieras que ir montándolo a medida que lo vas leyendo para poder acabarlo del todo. Todo era muy extraño, y además parecía que tenía muchas alusiones y lecturas posibles: empezó averiguando que la historia empezaba en un cruce por el que paseaban dos jóvenes. Al poco rato desistió, y en un ataque de ira arrojó aquel libro contra la pared, rompiéndose éste en pequeños relatos sueltos más sencillos. Detrás de él, observando la escena y firmemente sujeto a la pared, estaba la fotografía de aquel hombre que lucía una tímida sonrisa.

En aquel entonces ya llevaba unos cuantos años sin el más mínimo rastro de una sonrisa en su boca. Haría unos 7 años que decidió que lo único a lo que podía dedicarse si quería ganar alguna moneda virtual era desmontando edificios abandonados, edificios donde la nada habitaba plácidamente, sin molestar a nadie.

Ya tenía una cierta experiencia en aquel campo, a pesar de que empezó sin tener ni idea de dónde se estaba metiendo en aquel entonces. Los distintos jefes que había tenido valoraban muy positivamente su labor de ayuda a las máquinas cuando éstas no podían acceder a determinadas plantas de un edificio o cuando sus circuitos estallaban por los aires creando una inesperada y bonita sesión pirotécnica.

Jamás creyó que iba a estar observando lo que sus ojos captaban en aquel momento. Él creía que tras unos años de esfuerzo y dedicación podría llegar a vivir en un recogido edificio, con unas bonitas vistas, junto a su mujer y su hijo. Quizás podría darle a este último el futuro que él siempre estuvo esperando pero que nunca acabó llegando.

Estaba de pie frente a aquel descomunal edificio de ladrillos negros, silencioso y aterrador a la vez. Había trabajado derribando otros tantos edificios bastante más tétricos y oscuros que aquel, pero tenía un presagio de que este edificio era diferente a los demás.

Cuando entraba a trabajar junto a todos aquellos robots nunca pensaba las historias y las personas que en otro tiempo se reunían dentro de todas aquellas paredes.

Simplemente no debía pensar en nada más, solo quedaban 12 horas de nada por delante, media jornada, el tiempo necesario para así poder pagar las clases a las que su hijo estaría acudiendo en aquel instante.

Después de tocar unos pocos botones en los paneles de los robots limpiadores empezó el sonido habitual. No había sonidos de hormigoneras, ni de obreros pidiendo más sacos de cemento. Solo el mismo martilleo que se llevaba clavando en sus oídos los últimos años. Todas las máquinas iban desmantelando ese edificio milimétricamente, sin el más mínimo error, clavando de forma sincronizada distintas herramientas en las columnas negras de aquel magnífico coloso.

Mientras escuchaba esa magnífica sinfonía destructiva de martilleos y taladros miró extrañado como uno de los robots empezó a picar en un lugar poco habitual. Antes de levantar los pies del suelo se dio cuenta de que ya era demasiado tarde. Logró por unos pocos centímetros evitar que un trozo de suelo de la planta superior lo aplastara como a un simple mosquito.

En ese corto instante de tiempo pudo ver como unos metros más allá una pared  de ladrillos cedía sobre un puñado de robots y de compañeros que también estaban vigilando la obra.

Todavía algo aturdido, consiguió levantarse y ver como una masa enorme de ladrillos negros cubría ahora todo el solar, dando la impresión de una negra lápida que ahora contenía en su interior a todos sus compañeros de trabajo. De repente, un ruido llamó su atención. Se trataba de un joven que no conocía de nada y que por lo visto había podido sobrevivir al desastre. El chico echó a correr mientras no dejaba de mirar hacia atrás, como si algo estuviera persiguiéndole.

Allí, entre un montón de escombros, yacía el cuerpo de una joven sin vida, sin ningún dispositivo operativo en su interior que pudiera otorgar un mínimo de esperanza a aquella situación.

No dejó de correr. Sangraba por todas partes pero no pareció importarle lo más mínimo. Tenía que escapar de aquella pesadilla, de aquel horror incomprensible.

Era ya de noche y hacía un poco más de calor que el habitual (unos 58ºC), por lo que aquellos toldos replegados en las azoteas de los edificios empezaron a desplegarse de forma automática, creando un manto protector (y salvador) sobre la calle.

Le parecía increíble que nadie se hubiese percatado de aquel repentino cambio en su conducta, de aquella locura que había cometido hacía unas horas.

Por lo visto nadie notó ninguna alteración en él, el resto del mundo estaba preocupado en lo de siempre, en seguir recolectando y analizando datos de miles y miles de personas. Solo importaban las cifras que enviaban esos aparatos que cada persona alojaba en su interior.

El individuo tenía el mismo valor tecnológico que biológico. Nada.

No entendía por qué decidió secuestrar a aquella joven mientras volvía de hacer unas compras. De hecho no recordaba por qué decidió esconderse con ella en aquel horrible y oscuro edificio abandonado.

Solo recordaba la imagen del despertar en un mar negro de escombros, como navegando hacia ninguna parte.

¿Por qué su inhibidor de instintos o su detector de brotes psicóticos no habían emitido ninguna alarma?

En mitad de aquella acera, mientras la sangre caía por sus mejillas y empezaba a mojar la calle, empezó a escuchar los avisos por megafonía de la llegada de otra ola de radiación nocturna. A pesar de los insistentes avisos de abandonar la calle inmediatamente, su cuerpo dijo basta, cerró los ojos y cayó a plomo sobre el cálido asfalto.

Lanzó una patada y se levantó de la cama súbitamente, las 7:29, otra vez volvía a despertarse más pronto de lo habitual. Probablemente fuera otra pesadilla. Aun así tocaba darse prisa. La cocina estaba vacía, su padre se había ido dos horas antes a trabajar y su madre seguía durmiendo tranquilamente. Leyó la nota que su padre le había dejado (“hoy espero trabajar media jornada, empezamos pronto con el nuevo edificio”), desayunó lo más rápido que pudo y salió corriendo a la escuela.

Antes de entrar al aula introdujo una clave junto a un poste para poder pagar sus clases de aquella mañana y que así la puerta contigua se abriera permitiéndole entrar. Parece que iba a ser su día de suerte, todavía tenía algo de dinero para gastar en una clase práctica.

Cuando se sentó en el pupitre, abrió su cuaderno inmediatamente y siguió pensando en cómo terminar de trazar su pequeño gran plan:

“Día 10

Una chica en clase me ha contado que por lo visto hay una forma de poder acceder a una gran parte de dispositivos internos de seres humanos. Es algo bastante serio, y aunque sea ilegal parece que el gobierno está metido en este asunto. Voy a intentar seguir investigando esto, suena bastante interesante.

Día 16

Hoy al volver de clase he descubierto que mi mejor amigo no es humano. Por lo visto ayer se enteró de que tiene pequeños fallos en el diseño cerebral y que eso le impide mostrar varios sentimientos. Sus padres le contaron la verdad pero él no se lo tomó bastante bien, así que decidieron reprogramarlo de nuevo. Él me contaba todo esto como si de algo normal se tratara, pues me dijo que muchas de sus funciones sociales habían sido deshabilitadas por completo.

Yo no sabía que convivimos con robots que son idénticos a nosotros. Sabía que los robots inundan cada palmo de este planeta, pero no ese tipo de robots.

Llevo pensándolo toda la tarde y acabo de darme cuenta de que mi existencia carece de cualquier sentido que hubiera podido imaginar. Tampoco sé si soy humano, no sé si soy un simple personaje de una obra o soy una especie de experimento del gobierno o de algún genio maligno. No necesito pedir a alguien que me mate ni tampoco necesito decidir entre tomar pastillas de distintos colores.

A veces, como la evolución humana, entre pequeños saltos, toca dar alguno más largo de lo habitual.

Es la hora de dar ese pequeño salto mortal.

Día 21

Acabo de acceder al gestor de sentimientos de un  niño con las instrucciones que me pasaron en clase. Por lo visto el experimento funciona bastante bien, ahora hay que seguir avanzando e intentar manejar varios de estos dispositivos al mismo tiempo”

Día 23

He estado viendo como los medios pueden ser una pieza clave en todo este entramado, así que he decidido acceder a los dispositivos de un tarado que presenta un show en la televisión pública. Voy a intentar inyectarle gustos literarios y filosóficos para ver si esto condiciona a su público.”

Cogió un bolígrafo y escribió: “Último día (28): el presentador parece que empieza a sentirse nervioso por su repentino interés en los libros y la filosofía. Me gusta, parece que está a punto de cometer alguna locura y que por lo tanto va a provocar algún suceso muy poco creíble. Estoy seguro de que su público no va a reaccionar de manera muy positiva. Me vale con que apaguen el televisor y miren un momento a las calles. Ahí podrán deleitarse con la segunda parte de la función. Acabo de redirigir el comportamiento de unos cuantos miles de personas de esta ciudad. Según mis cálculos, los dispositivos que llevan pegados a sus órganos vitales deberán ser causantes de multitud de secuestros, robos, violaciones y atracos virtuales por toda la ciudad. Estoy cansando de que nunca ocurra nada en este mundo tan previsible y determinado. Veamos qué pasa con una pizca de miedo e incertidumbre.”

Cerró el cuaderno y siguió mirando el encerado como si no hubiera pasado nada.

<< Tres segundos y estamos fuera >>

 

 

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